El Centésimo Círculo

Durante los dos últimos años de universidad tuve la oportunidad de trabajar con jóvenes en colegios del distrito y víctimas del desplazamiento forzado en Colombia. En ese tiempo aprendí a dirigir talleres reflexivos, que consistían en construir a través de la palabra nuevos discursos que permitieran un vivir más cercano a nuestra esencia. En estos espacios hablábamos de todos los dictámenes sociales que cargábamos en nuestros cuerpos, mentes y emociones; aquellos discursos hegemónicos, opresores de la diversidad humana y la libertad. En ese momento comencé a dimensionar lo potente que era esta herramienta; las personas, en su mayoría, salían del encuentro concibiendo una realidad distinta a la que les enseñaron, comenzaban a cuestionar creencias e ideas que siempre asumieron como verdades irrefutables pues las habían concebido como algo que hacía parte de la “naturaleza humana”. En cada encuentro que realizábamos era una oportunidad de de-construir y transformar creencias que nos permitieran vivir y expresar con más libertad nuestro ser.En esa época una amiga de mi práctica que admiro muchísimo, me invitó a participar de un círculo de mujeres, me explicó de manera general en qué consistía: mujeres que se reúnen en un círculo para sanar colectivamente historias que han vivido. En ese momento me negué, es más, hasta me sentí un poco amenazada por la invitación. Mi ego inmediatamente me dijo: “¿cómo vas a ir a contarle tus cosas a un montón de personas que no conoces?”.El tiempo paso y nos graduamos de la universidad. Nunca más volví a hablar o escuchar sobre los tales círculos. Tiempo después de regresar de un intercambio que hice a Inglaterra, una amiga que quiero mucho me invitó de nuevo a participar de un círculo de mujeres que ella y otras compañeras de universidad estaban organizando. Yo me seguía sintiendo un poco amenazada por los círculos y de nuevo mi ego salto para decirme lo mismo de la vez pasada: “yo no voy a contarle mi vida e intimidad a personas que no les tengo suficiente confianza”. En ese entonces evadí complemente el espacio con excusas un tanto cobardes, lo que me costó una gran discusión con mi amiga quien se sintió muy ofendida por mi actitud.Mi vida continuo y al poco tiempo me fui a vivir a Barranquilla. En esta hermosa ciudad que todavía recuerdo con alegría en mi corazón, retomé estos espacios reflexivos que había aprendido en la universidad, y que sorprendentemente no eran tan distintos a los círculos que tantas veces me había negado a asistir.En Barranquilla estuve trabajando con un grupo de mujeres, y al principio los espacios generaron muchas reflexiones desde la palabra, pero sentía que algo más espiritual hacía falta. En ese momento comencé a comprender la importancia de los rituales, de lo simbólico. Por eso en los últimos dos encuentros que hicimos empecé a investigar sobre los círculos de mujeres. En esos espacios comencé a incorporar elementos simbólicos como un altar de velas, el uso de los mándalas y me di cuenta de la importancia de entre-tejer todo lo que habíamos hablado en la palabra con elementos que estuvieran cargados con una energía de transformación amorosa.Al regresar a Bogotá comencé a sumergirme en ese mundo. Comencé a asistir a círculos de mujeres para sanar colectivamente nuestro útero y empecé a hacer rituales para soltar situaciones, emociones o pensamientos que ya no servían. Así mismo construí un altar en mi cuarto, con cristales, mandalas, imágenes de mujeres poderosas como Frida Kahlo y las mujeres de la comunidad de El Salado con las que trabajé en Barranquilla. Todos estos elementos que le apuestan a la parte más mística y espiritual del ser humano comenzaron a transformar mi vida lentamente.Es por eso que al identificar mi propósito de vida me di cuenta de la importancia de posibilitar círculos que permitieran tanto a hombres como mujeres sanar desde lo colectivo historias, emociones, creencias, patrones, entre otros. En la búsqueda de herramientas que me permitieran entender mejor cómo organizar un círculo me encontré con la historia del centésimo mono.El centésimo mono es un relato basado en la teoría de la resonancia mórfica del biólogo Rupert Sheldrake, que postula que en una sociedad se pueden generar transformaciones de fondo, cuando un número exacto de personas cambian un comportamiento o habito. A continuación les comparto el relato:

“Durante treinta años, un grupo de científicos se dedicó a estudiar las colonias de monos que habitaban diversas islas, separadas entre sí, en las inmediaciones de las costas de Japón. A fin de hacer que los monos bajaran de los árboles para poder estudiarlos de cerca, los investigadores solían arrojar boniatos en la playa a modo de cebo, y cuando los monos acudían a saborear el almuerzo gratuito, tenían ocasión de observarlos en detalle cómodamente. Un buen día, una mona de dieciocho meses a la que llamaban Imo se acercó a lavar su boniato en el mar antes de comérselo; supongo que sabía mejor limpio de arena o de pesticidas, o quizá adquiría de ese modo un ligero gusto salado que resultaba agradable al paladar. Imo enseñó a hacer esto a sus compañeros de juegos y a su madre; sus compañeros se lo enseñaron a las suyas, y paulatinamente fueron cada vez más los monos que empezaron a lavar sus boniatos en lugar de comérselos rebozados de arena. Al principio sólo las hembras adultas, a imitación de sus crías, aprendieron a hacerlo, pero poco a poco otros aprendieron también. Al cabo de un tiempo, los científicos se dieron cuenta de que todos los monos de la isla lavaban sus boniatos antes de llevárselos a la boca. Pero, aun cuando éste era de por sí un hecho significativo, fue aún más fascinante descubrir que aquella alteración de la conducta no se había producido en esta isla únicamente, sino que, de pronto, los monos de todas las demás islas habían empezado también a lavar sus boniatos a pesar de que nunca había existido contacto directo entre las colonias de monos de unas islas y otras. El centésimo mono era el hipotético mono que anónimamente había inclinado la balanza de forma decisiva para la especie: aquél cuyo cambio de conducta significó que todos los monos, a partir de ese instante, lavarían los boniatos antes de comérselos. A modo de alegoría, El centésimo mono alienta la esperanza de que cuando un número decisivo de personas transforme su actitud o su comportamiento, la cultura en su totalidad se transformará. Unos pocos empiezan a hacer aquello que era impensable, y pronto son muchos quienes lo hacen; y cuando un cierto número de individuos cambia, esa nueva conducta forma parte indivisible de cómo somos y de lo que somos como seres humanos. Alguien tiene que ser el mono número treinta y siete, y el sesenta y tres, y el noventa y nueve antes de que le llegue el momento al mono número cien …, y nadie sabe cuán cerca está de ese momento, o a qué distancia se encuentra el centésimo mono hasta que, de repente, está allí. Si alguna vez has recorrido un laberinto, entenderás cómo es el viaje del que hablo. Caminas y caminas, siguiendo un sendero que constantemente tuerce y camina de dirección, sin manera de saber cuánto falta para llegar al centro, hasta que en el momento menos pensado se abre ante ti. Una vez que has llegado al centro -que es símbolo de profunda percepción y sabiduría- puedes permanecer en él tanto como gustes; pero a continuación será hora de llevar al mundo ese conocimiento o esa experiencia, y nuevamente tendrás que eliminar y caminar a través del laberinto, sin saber cuán cerca o cuán lejos te encuentras de la salida. Hasta que tomas esa última desviación y, de pronto, estás fuera.” (Jean Shinoba Bolen, “El millonésimo circulo: cómo transformarnos a nosotras mismas y al mundo”, p.7)

Cuando leí este relato me pareció sumamente poderoso. Es por eso que tomé la decisión de comenzar a organizar encuentros que denominé: círculos de la palabra. Creo que es momento de unirnos, de generar cambios mujeres y hombres, por ello quiero apostarle a espacios donde podamos estar juntos, sanando, re-significando, transformando. El mundo urge de personas que se animen a hacer círculos (de mujeres, mixtos, de la palabra o como quieran llamarlo) como una estrategia para reestablecer el equilibrio de energías femeninas y masculinas. Llevamos siglos dominamos por la energía masculina, lo que ha desembocado en guerras, muertes y muchísima violencia. Cada ser humano se encuentra constituido por energía femenina (lado izquierdo, representado por la luna) y energía masculina (lado derecho, representado por el sol). Al encontrarnos inmersos desde hace tantos años con este desequilibrio de energía, tenemos que escuchar el llamado de la madre tierra para que se reestablezca la energía femenina que durante tanto tiempo fue rechazada y excluida, para volver al equilibrio que permita vivir en una sociedad armónica entre sí y con el medio ambiente.Es por esto que lxs invito a escuchar el llamado para que pronto podamos llegar al centésimo circulo y esparcir el equilibrio que nos debemos y le debemos al planeta desde hace tantos años.Lucía Gómez Mantilla

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